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Era de Jaén, nacido en La Magdalena, aunque sus padres (según cuentan) eran de Torredonjimeno. Se llamaba Octavio Ortega Jurado.

De su niñez y juventud poco se sabe, porque quizás ni él mismo se acordaba. En el “año del hambre”, rebuscaba aceituna y cogía hierba que entregaba a cambio de comida en el Maternal, cuando éste estaba en la calle La Luna. Estuvo en Extremadura durante la guerra, pero ni él mismo sabía a que bando pertenecía. Contaba que sufrió un impacto de bala y al salir a una vaguada se encontró con un “ruso” que le cogió en brazos y exclamó “ya estoy salvado”.

Se casó con una señora de Jaén con la que tuvo un hijo. Luego se separó. Cuando su hijo creció se fue a vivir con él a Barcelona, pero a los dos meses estaba de nuevo en su Jaén porque decía que su hijo vivía cerca del mar y éste un día se lo iba a llevar. A partir de entonces trabajó en todo: albañilería, limpieza, colocaba asientos en la sillería de San Vicente y, por supuesto, recogió cartones. Nunca pidió limosna e incluso le molestaban los pedigüeños.

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Todas las mañanas, parada obligada además de la sillería de José Ferrer, visitaba el bar Tapi, donde se tomaba su café doble y su copita de coñac con las doscientas pesetas que le daba “su señorita” (señora de la funeraria de Benigno Gómez). Tras la barra, Paco escuchaba el relato de las multas que había puesto el día anterior: “Cincuenta mil millones de duros dobles”, y Octavio apostillaba: “y al no poder esa cantidad que los fusilen”.

No hacia daño a nadie, bueno a casi nadie, porque un buen día le dio un garrotazo a Rincón, que vendía prensa en el Garage España y le abrió la cabeza.

Historias sobre él hay muchas, como la vez que le entregó el ramo de flores a la Reina Sofía cuando estuvo en Jaén, o cuando contaba que era dueño de la Casa del Reloj (Patronato de Apuestas).

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Sí, historias muchas. Hasta que un día recibió la visita esperada de la muerte, pues ya tenía ochenta y ocho años. Ya no aparecía Octavio por la esquina de la Carrera, ya no se podrían oír más silbidos, ya no se oiría su mote por las calles de Jaén (o tal vez sí…). Ya no se diría más: “¡Piturda, Borrega, que tienes un hijo sin orejas!”. Piturda murió en el 90, solo y en la pobreza.

Y… ¿quién se acuerda ahora de Octavio?

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